“Contra los cuerdos”. Ricard Ruiz Garzón

10-10-2007

No se ofendan, pero somos una sociedad ignorante. Y en lo tocante a asuntos de salud mental, muy ignorante. Casi analfabeta.

A causa de ello, se producen condenas que parecen invisibles. Volvió a ponerse de manifiesto la semana pasada, cuando la Audiencia Provincial de Madrid dio a conocer la sentencia contra Jorge Ramos Vázquez, el enfermo de esquizofrenia que en 2005 arrojó a la joven Miriam Alonso a las vías del metro de Carabanchel, causándole heridas diversas y la amputación de una pierna. Once años de internamiento en un centro psiquiátrico penitenciario y una indemnización de 650.000 euros. A Miriam, es comprensible, le pareció injusto, porque ella ha quedado condenada “para siempre” y a Ramos Vázquez, en su opinión, sólo le han ‘caído’ 11 años.

No deberían comentarse, por respeto a Miriam, sus valoraciones sobre la sentencia. Son fruto del dolor. Sí merecen en cambio comentario, e incluso reproche, las miles de opiniones vertidas estos días por los medios de comunicación, en los que tantas y tantas personas indignadas acusaban de delirante a la Justicia y exigían mayor dureza para que Ramos Vázquez, y la cita es textual, no pudiera “salir dentro de 11 años y volver a arrojar a alguien al metro”. Ustedes perdonarán, pero qué cafres somos. Sí, qué cafres somos y qué barato resulta hablar.

Jorge Ramos Vázquez es un enfermo de esquizofrenia paranoide. Un enfermo que lleva años padeciendo el infierno de la enfermedad mental, un afectado por una de las experiencias más intensamente devastadoras que pueda atravesar el ser humano. Una víctima, sí, sin otra culpa previa que la de un trastorno que, como él, sufre el 1% de la población. Más de 400.000 personas en España, una como media en cada bloque grande de pisos de cualquier ciudad. Lo sepamos o no, todos conocemos a varios enfermos, no todos diagnosticados, a los que volvemos la espalda y aludimos en secreto y a hurtadillas con eufemismos que nos alejan del miedo a lo desconocido. De ninguno de ellos puede decirse que sea responsable de padecer la enfermedad. Pero no importa. La realidad de la esquizofrenia, de tan cercana, nos es ajena. Sólo nos referimos a ella cuando ocurre algún hecho violento o, a lo sumo, cuando se celebran jornadas como la de hoy, Día Mundial de la Salud Mental. El resto del tiempo, la ignoramos.

Como consecuencia de ello, la mayoría de la gente piensa que los enfermos de esquizofrenia son violentos y peligrosos. Casos como el de Ramos Vázquez, o como el de la doctora Noelia de Mingo, que en 2003 mató a dos personas e hirió a otras seis en la Fundación Jiménez Díaz, no hacen sino dar alas a esta creencia. La realidad, sin embargo, es distinta. Los enfermos de esquizofrenia, y todos los estudios, absolutamente todos, lo demuestran, son menos agresivos que el resto de la sociedad, especialmente si se encuentran bajo tratamiento. Gran parte de su escasa violencia, además, la ejercen bajo los efectos de la alucinación, y a menudo contra ellos mismos, lo que, si algo eleva, es su tasa de suicidios. Se producen agresiones, por supuesto, en este colectivo como en otros. Pero sólo los mal llamados esquizofrénicos –si no decimos cancerosos o sidosos, ¿por qué sustantivamos en ellos lo que es accidental?– ven subrayado sistemáticamente su trastorno. De hecho, es poco habitual que la esquizofrenia protagonice noticias fuera de la sección de sucesos. A eso, es evidente, se le llama estigmatizar.
Veamos la otra cara de la cuestión. Jorge Ramos Vázquez es alguien que ese fatídico 4 de octubre de 2005, habiendo abandonado el tratamiento que controla sus delirios (una medicación, por cierto, con duros efectos secundarios que afectan a la memoria, la concentración, la digestión, el peso, el habla y la sexualidad), se creyó llamado como hijo de Dios a cometer un pecado terrible que le permitiera unirse a su creador. Tras empujar a Miriam, por tanto, se entregó corriendo a un guarda diciendo: “Policía, deténgame, máteme o pégueme porque acabo de empujar a una chica al metro”. Si alguien cree que, en tal estado alucinatorio, Ramos Vázquez era responsable de sus actos, es que no sabe nada sobre los laberintos de la mente humana. Y si alguien cree que sabe qué sentirá Ramos Vázquez si, en algún atisbo de conciencia, llega a asimilar lo ocurrido, es que se acerca peligrosamente a él cuando se creía hijo de Dios.

Evidentemente, unos hechos tan graves merecían una reacción jurídico-sanitaria, y ésta se ha dado. Que nadie piense, sin embargo, que la condena de Ramos Vázquez son los 11 años de ingreso en un psiquiátrico. Su auténtica condena, la condena que llevaba años pagando de antemano, consiste en la dolorosa vivencia de su enfermedad. Sólo cabe desear que se mitigue.
Además de a Miriam y Jorge, sin embargo, hoy es un día para recordar a cientos de miles de víctimas. Millones de afectados por dolencias como la depresión, el trastorno bipolar o la propia esquizofrenia. Personas que, por desgracia, ven severamente limitadas sus posibilidades de ser felices por culpa de unos trastornos que, al parecer, podrían ir en aumento en esta sociedad que entre todos construimos. Además de luchar contra su enfermedad, sin embargo, la mayoría de ellas se ve obligada a lidiar con el estigma, con el prejuicio y el desprecio de los que presuntamente integramos las filas de la cordura. Habría que pensar por qué insistimos en ponérselo tan difícil. Por qué, en vez de ayudarles, complicamos su situación con nuestro rechazo. Seguramente es miedo. Pero si lo es, no es un miedo inocuo. Con él ponemos aún más contra las cuerdas a los enfermos mentales. Insistimos en imponerles una idea de normalidad que a veces asusta. No los integramos: los zaherimos, los empujamos contra los cuerdos. Lo nuestro sí que es de locos.

Ricard Ruiz Garzón es autor del libro sobre la esquizofrenia Las voces del laberinto.

Fuente: Público

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